El tiempo de las raíces

Mientras las raíces se hunden en el suelo nutritivo,
el tallito frágil se clava decididamente, buscando la luz.
Una primavera del siglo pasado
guarda para siempre este maravilloso recuerdo.

El 3 de junio de 1902, en una vivienda sencilla del sector Côte-des-Neiges, en Montreal, Délia Tétreault y sus dos primeras compañeras, Ida Lafricain y Joséphine Montmarquet, inauguran el primer Instituto misionero canadiense, una Escuela apostólica, con fines de preparar a las jóvenes a la vida religiosa misionera. Al año siguiente, el grupo cuenta ya con ocho personas. Por eso, el 3 de mayo de 1903, la Escuela Apostólica se traslada al no. 27 de la Côte Sainte-Catherine, Outremont, en una casa un poco màs amplia. A solicitud de algunas familias de los alrededores, se abre una escuelita para las niñas del sector. Se utiliza el comedor como sala de clase para las ocho pequeñas y las seis mayores ocupan le gabinete.

Respondiendo a la petición reiterada del arzobispo de Saint-Boniface, Mons. Adélard Langevin, o.m.i., la Srta. Lafricain parte para St-Boniface (Manitoba) el 17 de marzo de 1904, donde se reclaman sus servicios para la Casa Capilla y la Escuela Normal que el arzobispo desea empezar allí. Unos años más tarde, la Srta. Ida Lafricain será la co-fundadora y primera superiora general de las Oblatas del Sagrado Corazón y de María Inmaculada, una Congregación religiosa cuya labor se extiende a las regiones del Oeste canadiense.

Con la creación de la Escuela Apostólica, Délia Tétreault ha realizado la primera etapa de su obra pero sigue sintiendo la llamada a ir más allá aún. En el silencio y la oración, en la relectura de los acontecimientos, busca señales del proyecto de Dios para ajustarse sin tardar a él. El presbítero Gustave Bourassa apoyó a Délia en la fundación de la Escuela apostólica. Se había hecho amigo, padre, apoyo indispensable. En octubre de 1904, mientras hacían reparaciones al órgano de su iglesia, el Padre Bourassa subió para ver los trabajos. Al bajar, tropieza... y cae en el vacío. Fallecerá el 20 de noviembre de las consecuencias de dicho accidente. Mons. Paul Bruchési, arzobispo de Montreal, se encuentra entonces en Roma para la celebración del cincuenta aniversario del dogma de la Inmaculada Concepción. Al enterarse del fallecimiento del presbítero Bourassa, se dice interiormente : Pobres hijas, ya no tienen padre, seré yo su protector.

En una entrevista con el Papa Pío X, Mons. Bruchési habla de la obra naciente pero sin manifestar mucho entusiasmo : Si usted me pide suprimir lo empezado, lo haré enseguida; si me pide continuarla, así lo haré... Pío X sin vacilar responde : Funde, funde, Monseñor, y todas las bendiciones bajarán sobre esta nueva fundación. Era el 30 de noviembre. El 7 de diciembre siguiente, en una segunda audiencia concedida a Mons. Bruchési, el Santo Padre le dice al hablar de esa fundación : Usted le dará el nombre de Sociedad de Las Hermanas Misioneras de la Inmaculada Concepción.

El 8 de agosto de 1905, en el aniversario de su consagración episcopal, Mons. Bruchési preside la celebración eucarística durante la cual Délia Tétreault pronuncia sus votos perpetuos y recibe el nombre de Mère Marie du Saint-Esprit. Joséphine Montmarquet (Hna. St-Gustave) se compromete con votos temporales mientras la Hna. Blanche Clément (Hna. St-Paul), Zénaide Marcoux (Hna. Marie de Lourdes) y Émilda Charbonneau (Hna. St-Joseph) hacen las promesas de novicia.

En la primavera de 1906, la pequeña comunidad adquiere la casa vecina pues falta el espacio y muchas nuevas candidatas más están por venir. Una pasarela de madera permite comunicar de una casa a la otra. Pronto los locales no son adecuados. En agosto de 1906, se compra una casa más amplia, ubicada casi al frente. Es el inicio de la actual Casa Madre del 314 Chemin Côte Sainte-Catherine.

La Fundadora, mujer prudente y sagaz, quiere asegurar el estatuto social de la joven Congregación. El 28 de febrero de 1907, la Asamblea Legislativa de la Provincia de Québec reconoce la corporación bajo el nombre : Las Hermanas Misioneras de la Inmaculada Concepción. La fundación se consolida. Se ha arraigado en la Iglesia y la sociedad civil. El tronco es cada vez más vigoroso. Entonces le llega de Roma por intermedio de Mons. Bruchési, el llamado a abrirse a las dimensiones del mundo : Todos los países de misiones les están abiertos. Se les dice como en otro tiempo a los apóstoles : Vayan, enseñen a todas las naciones.



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